Entrevista con Domenico Dolce y Stefano Gabbana

Parece que fue ayer cuando Domenico y yo empezamos. Los primeros años fueron devastadores, en la oficina siete días a la semana, ni uno libre. Compartíamos una meta y el entusiasmo que, desde siempre, hemos puesto en nuestro trabajo y que nos ha traído hasta aquí”, sentencia Stefano Gabbana (Milán, 1962) al echar la vista atrás [porque, sí, todavía hay espacio para alguna celebración en este 2020] sus 35 años de idilio creativo con su compañero del alma, Domenico Dolce (Palermo, 1958). Su media naranja laboral, una relación profesional –como ha habido pocas en la moda– que se mantiene fuerte y más sana que nunca, a pesar de las no pocas desavenencias que, como toda pareja, han tenido que enfrentar.

Su historia es por todos conocida: un día de 1981, Domenico atinó a atender la llamada de Stefano pidiendo trabajo como asistente en el estudio del diseñador Giorgio Correggiari. Entró, claro. Y cuatro años más tarde ponían en pie su primer desfile como Dolce & Gabbana con un Milán en su apogeo fashionista como telón de fondo, sediento de nuevas ideas.

Domenico heredó el gusto por la confección de su familia, y Stefano, que había estudiado diseño gráfico, complementaba su oficio. Un empaste perfecto no exento de discusiones que, dicen, son las que al final dan lugar a los mejores proyectos: “¡Nos encanta discutir!”, bromea Stefano. “Continuamente nos enfrentamos, amistosamente, por nuestras ideas. A mí me gustan unas cosas, a él otras”. Como en las mejores familias, vaya. Y la suya no iba a ser menos. “Pero lo importante es que siempre encontramos equilibrio, una solución que nos hace felices a ambos. Durante el confinamiento hemos debatido mucho. ¡Es normal tener opiniones diferentes! Somos dos caras de la misma moneda”, apunta Domenico.

Juntos han conseguido dar a conocer su visión de la moda en una punta y otra del planeta, y hacer de esa marca que crearon con veintipocos años todo un imperio que engloba moda femenina y masculina, Alta Moda (su equivalente a la alta costura), accesorios y belleza, otro delos potentes pilares de su empresa. Y todo ello manteniendo los mismos valores que el primer día: el amor por la artesanía y la manufactura italianas (el fatto a mano que siempre han llevado por bandera y que celebran en su colección de este invierno), el respeto por la tradición y por sus orígenes y, al hilo con este número de Harper’s Bazaar, también la familia como núcleo de todo, ese concepto tan arraigado a la cotidianidad transalpina. “El amor por la familia es una de las cosas que hace a nuestro país tan especial. No hay nada más puro que el amor de una familia; nada más genuino y seguro, más excitante y eterno”, remata Dolce.

Treinta y cinco años dan para mucho, y no son pocas las anécdotas que, junto a sus diseños, confeccionan su célebre legado. Vivieron el final de los vibrantes 80, y unos años 90 en los que participaron del estrellato de las grandes supermodelos y entablaron una importante amistad con mujeres como Monica Bellucci, Isabella Rossellini o Sophia Loren.

Féminas, todas ellas, ligadas sentimentalmente a la casa todavía en la actualidad; encandilaron en los dosmil a algunas de las artistas musicales internacionales más relevantes, de Madonna a Beyoncé, y tratando de adaptarse a cada tiempo, en la última década han buscado la atención del público millennial y del furor de las redes sociales.

Sin perder su esencia, claro: manteniendo su pasión por la sastrería más exquisita y reimaginando su denominado ‘vestido siciliano’, aunque cambiando, en ocasiones, los salones de tacón por las deportivas con logo. “Hemos logrado tantas cosas gracias al trabajo duro y a la disciplina que hemos aplicado desde el primer día”, incide Domenico. “Pero también hemos pasado momentos difíciles y cometido muchos errores”, añade Stefano, precisamente el más controvertido del dúo. “Lo importante es que hemos aprendido de ellos, y que estamos dispuestos a remangarnos y reinventarnos”.

Este año, sin ir más lejos, está siendo un complicadísimo reto para la moda en general y los diseñadores en particular. Esa reinvención de la que hablaba Gabbana se antoja más urgente que nunca, pues la crisis del coronavirus ha obligado durante meses a buscar nuevas formas de negocio que se adaptaran al confinamiento y, sobre todo, soluciones creativas para no dejar de ser relevantes en un momento en el que lo digital se alzaba como imprescindible.

Dolce & Gabbana fue una de las firmas que el pasado mes de julio presentó sus colecciones de Alta Moda, Alta Sartoria y Alta Joyería a través de una plataforma online, en la que podía verse un vídeo detallado del desfile que hicieron a puerta cerrada e imágenes con todo tipo de información.

Una forma diferente de llegar al consumidor que, aunque necesaria en ese momento, no suplió su ansia de emoción, su parte favorita de cada colección: el contacto con el público. “Fue diferente, aunque interesante. La emoción de un desfile real es irreemplazable, aunque estamos felices de haber podido presentar esas colecciones que empezamos a preparar antes del confinamiento”, conceden. “Ahora más que nunca creemos que el público busca historias bonitas, un vestido o un accesorio que sea como un cuento de hadas; sueños confeccionados en tela. Y, a través de nuestras colecciones, nosotros nunca dejaremos de escribir cuentos de amor, belleza auténtica y made in Italy”.

Indudablemente, las reglas del juego han cambiado –para la moda y para todo el mundo– a un plazo aún incierto. Pero ambos tienen claro que, si algo debemos hacer con esta situación, es sacar su lado positivo: “Siempre hay algo que aprender”, dice Dolce. “Creo que todo esto nos va a hacer más humildes, más atentos, y que vamos a aprender a apreciar lo verdaderamente importante en esta vida. No va a ser fácil levantarse tras esta crisis, pero debemos ser positivos y mirar hacia delante sin ser ingenuos“. Es por eso que, desde el comienzo del virus en Europa, reforzaron su colaboración con Humanitas University, financiando la investigación médica.

Treinta y cinco años, decíamos, dan para mucho. Pandemia incluida. Pero este incansable dúo creativo no parece tener intención alguna de tirar la toalla a corto plazo, y aborda el nuevo curso estilístico (para el cual han reingresado, 22 años después de su salida, en la Camera Nazionale Della Moda italiana) con inevitable incertidumbre, pero también con seguridad y confianza férreas en su inconfundible legado. ¿Y el futuro? “Del futuro sabemos poco. De momento, nos enfrentamos a los retos del día a día aprendiendo de nosotros mismos y de la realidad que nos rodea. Pero mientras tengamos pasión por lo que hacemos, seguiremos mirando hacia delante”. Y si algo saben ellos es que ese, el de la pasión, es un motor imparable.

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