Yul Brynner, el hombre que cambió su vida al cortarse el pelo (e intentó ligar con Carmen Sevilla)

“¡Aféitate la cabeza!”. Pocos consejos han sido tan determinantes para transformar una carrera como el que la diseñadora Irene Sharaff le dio a Yul Brynner durante los ensayos para la representación en Broadway de El rey y yo. Brynner, que tenía un tupido pelo castaño, con entradas, pero voluminoso, se negó. Sin embargo, la mujer que había vestido en Technicolor a la familia de Cita en San Luis , cubriría de oro a la reina Cleopatra y acumularía doce nominaciones al Oscar y dos estatuillas no se arredró, se dirigió a los compoitores de la obra y les dijo que el rey de Siam no tenía pelo. Brynner acató la orden a regañadientes y su vida cambió.

El Brynner que aceptó aquel cambio de imagen no era nadie en Broadway todavía y mucho menos en un Hollywood que acabaría conquistando. Por entonces era un brioso realizador de la recién nacida CBS para quien aquellas funciones simplemente eran un extra, una manera de resarcirse por no haber triunfado como actor, su gran aspiración cuando llegó a Nueva York desde el otro lado del mundo. Poco podía imaginar que aquel sencillo gesto cambiaría su vida, le proporcionaría personajes inolvidables en incluso inspiraría el físico del carismático líder de un grupo de mutantes, porque cuando Stan Lee tuvo que definir los rasgos del Profesor Xavier lo hizo pensando en él.

Aunque durante toda su vida ocultó los datos de su biografía para evitar que los periodistas la tergiversaran –y porque según bromeaba jactancioso“sólo los mortales necesitan una fecha de nacimiento”– su hijo los esclareció en la biografía Yul: The Man Who Would be King : a Memoir of Father and Son. Gracias a él sabemos que no es cierto que fuese tártaro, ni hijo de un mongol y una cíngara que había muerto en el parto y que jamás había luchado en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española como el propio Brynner había contado para deleite de la prensa.

Aunque no fueron tan exóticos, sus oríenes no dejan de ser novelescos. Yul Borísovich Brínner, había nacido en Vladivostok cerca de Siberia en plena revolución rusa en una de esas familias acomodadas a las que los bolcheviques estaban despojando de todo. Cuando a los siete años su padre abandonó a su madre por una bailarina rusa, la familia se trasladó a China, pero de nuevo se vieron obligados a huir por temor a la guerra chino-japonesa y esta vez a París, que en los años veinte se había convertido el refugio de la mayoría de los rusos blancos que habían huido de Rusia. En la capital francesa ingresó en el elegante y estricto Lycée Moncelle, pero no tardó en renunciar a la comodidad familiar: prefería pasar las noches escuchando a los músicos zíngaros que amenizaban las tabernas parisinas. Con ellos aprendió a tocar la balalaika y se unió al presticioso Cirque d’Hiver como trapecista. Tras sufrir una brutal caída los médicos le auguraron que no caminaría jamás; no conocían su fuerza de voluntad,a los dos meses ya estaba de nuevo en la arena, aunque a ras de suelo y como payaso. Ahí fue donde empezó a interesarse por la interpretación y ningún sitio mejor para brillar sobre las tablas que Nueva York. En América, el niño acomodado pasó a conducír el camión del vestuario mientras actuaba a la vez en ruso, en francés y en el inglés que empezaba a chapurrear.

Su físico torneado de acróbata, su voz profunda y el aire misterioso que siempre cultivó le hicieron muy popular y era fácil encontrarlo en fiestas con su guitarra. En una de ellas conoció a su primera mujer, la actriz Virginia Gilmore que empezaba a ser muy conocida gracias a películas como El orgullo de los yanquis con Gary Cooper. La diferencia de fama entre ambos quedó clara cuando la pérfida Louella Parsons escribió “Virginia Gilmore y algún gitano que se encontró en Nueva York se casarán el 6 de septiembre”.

Ser un hombre casado no impidió que en su primera representación de cierto éxito en Broadway, Lote song, Judy Garland** se colara en su camerino. Según revela su hijo vivieron un romance a espaldas de su madre y de Vincente Minnelli**. Sin embargo aquellos rasgos demasiado exóticos tan seductores le impedían triunfar en un Hollywood dominado todavía por un estricto código moral que impedía las relaciones interraciales incluso en la pantalla. Cuando Garland se planteó llevar el musical al cine los productores consideraron que Brynner era “demasiado oriental”.

Pero mientras su carrera actoral renqueaba, brillaba como realizador de televisión. Aquel remedo de zíngaro que toca la balalaika en fiestas había pasado a presentar junto a su esposa uno de los primeros talk shows de la televisión americana y había terminado tras las cámaras convertido en el realizador estrella de la recién fundada CBS y compartiendo set con nombres como Martin Ritt y John Frankenheimer. Y con Sydney Lumet de ayudante, porque por entonces el director de Doce hombres sin piedad, Network y Tarde de perros sólo era otro actor frustrado al que un día su gran amigo Brynner había llamado para trabajar en “un nuevo medio que parece interesante”.

El Lumet que años después definiría el thriller político estaba fascinado por aquel hombre brillante cuyo carácter explica muy bien una anécdota. Un día en el que los ejecutivos de CBS le pidieron de forma impresvista que realizase un programa a última hora del domingo, Brynner acató la orden sin inmutarse,pero cuatro minutos antes de que terminase el programa pidió que se colocase en pantalla el título de crédito donde aparecía su nombre como director y que el público aplaudiese y duarente cuatro minutos en los que los ejecutivos de CBS aporrearon la puerta del estudio eso fue lo que vieron los espectadores: 160 segundos de entusiastas aplausos a su nombre.

Y entonces llegó a su vida El rey y yo, la historia real de Anna Leonowens, una maestra que viaja a Siam para educar a los hijos del rey Mongkut y quelos compositores Rodgers y Hammerstein pretendían transformar en musical. Con el protagonista deseado, Rex Harrison, que ya había interpretado el papel en Ana y el Rey de Siam, descartado por una cuestión de fechas, se la lanzaron a tratar de encontrar un sustituto. Cuando Brynner llegó a la audición y se subió al escenario con su guitarra, la búsqueda cesó. La única estrella de la obra iba a ser Gertrude Lawrence y el suyo era el único nombre por encima del título, pero Brynner se apoderó de la función hasta tal punto que se reescribió su papel para darle más números musicales. Se convirtió en la sensación de Broadway, los espectadores que se agolpaban a las puertas del teatro cada noche se creían en presencia del verdadero rey de Siam y él contribuyó a fomentar ese hechizo. Exigió a los productores que cada noche fuese a recogerle la limusina más moderna que hubiese en el mercado, no quería decepcionar a los que se agolpaban a la puerta a esperar que le firmasen su Playbill, el rey de Siam no podía irse del teatro en un taxi.

Una de las que se encandilaron con aquel rey de sesión doble fue Marlene Dietrich. Según contó su hija Maria Riva, la pareja inició un romance tan discreto para la prensa como audible para ella por el estruendo que salía de la habitación que la diva había forrado con telas de Siam en honor a su amado.

También se encandiló de él el director Cecil B. De Mille, que por entonces trataba de llevar a cabo el remake de su clásico Los diez mandamientos. Sería la producción más cara y suntuosa de Hollywood y aunque el papel protagonista ya estaba adjudicado a Charlton Heston había que encontrar un Ramsés a la altura y eso era una tarea compleja. Necesitaba a un hombre que calvo, maquillado, cubierto de oro, caminando sobre sandalias de plataforma y con los ojos ahumados no resultase ridículo al lado de la apabullante hombría pecho palomo de Heston (o sea, que no fuese el Jerjes de Rodrigo Santoro en 300). Cuando el legendario director vio a Brynner sobre el escenario, supo que había encontrado a su Ramsés: su virilidad era tan apabullante que no había sedas ni kohl que la mermasen y transmitía un magnetismo y una autoridad que provocó que muchos espectadores hubiesen preferido que las aguas se hubiesen cerrado sobre los judíos por verle feliz.

Cuando llegó la adaptación cinematográfica de El rey y yo no había nadie más que pudiese interpretarlo: él y Deborah Kerr llevaron a la gran pantalla la historia que le había encumbrado y su “etcétera, etcétera, etcétera” se convirtió en la coletilla del año.

Pero ese 1956 aun le iba a deparar un éxito más, Anastasia, la trágica historia de la presunta heredera de los Romanov. Pero esta vez él llegaba con el estatus de estrella que puede elegir a su partenaire y eligió a una Ingrid Bergman que en aquel momento estaba en la lista negra de Hollywood por su relación adúltera con Roberto Rosellini. A pesar de la oposición inicial del estudio Brynner se impuso y Bergman ganó el Oscar que él también ganaría ese año en la categoría masculina por El rey y yo. Era el hombre del momento: tenía tres éxitos en cartelera y un Oscar en las manos, ¿qué podía ir mal?

Pues lo mismo que le había encumbrado. Su potente imagen estaba asociada a reyes y príncipes orientales, a hombres extranjeros fuera de lo común y acabó encasillado. Al año siguiente bordó su papel de Dimitri en Los hermanos Karamazov que volvía a incidir en su registro, pero a partir de ahí empezó a ser reclamado en producciones estereotipadas y ampulosas, pero decadentes. Cuando Tyrone Power falleció repentinamente en Madrid, ocupó su lugar en Salomón y la Reina de Saba, una de esas macroproducciones que se empezaron a grabar en España a partir de los años cincuenta. Para aprovechar los planos generales que ya se habían grabado con Power se vio obligado a lucir una peluca que le arrebataba su principal seña de identidad, pero la película fue un éxito igual.

El rodaje de la cinta bíblica fue el primero de varios que le trajeron a España. Le gustó tanto que se compró una casa en Marbella en la que se codeaba con personajes como Curro Romero y la familia Flores e incluso intentó seducir a Carmen Sevilla como ella misma cuenta en sus memorias y recuerda Raquel Piñeiro aquí : “Yul Brynner era un tío más cachondo que Sinatra. En ningún momento intentó propasarse conmigo, solo un abrazo o un beso. Era muy bonito. Y con eso ya te quedabas tranquila. No fue tan insistente como Sinatra, sólo me llamaba cada dos o tres días”. Otro español que le cautivó fue el pintor Salvador Dalí, habría sido interesante presenciar su duelo de inventiva sobre sus vidas.Sin embargo, a pesar de su brillante vida social, su vida personal estaba en crisis, se divorció por segunda vez y se refugió en el alcohol.

Cuando su estrella empezaba a decaer y con la misma fe en sí mismo con la que se había recuperado de su grave lesión juvenil, decidió que si Hollywood no le proporcionaba buenos papeles él mismo los buscaría. En 1956, el mismo año que reinó en la taquilla, se había sentido fascinado con Los siete samurais de Akira Kurosawa. Tras verla se hizo con los derechos y después de garantizarse el papel principal, eligió al reparto. Entre aquellos magníficosestarían Charles Bronson, su gran amigo Eli Wallach y un jovenzuelo Steve McQueen, con quien tuvo tantos problemas en el set que incluso llegaron a las manos. Aunque cuando la prensa indagó en el incidente él trató de quitar hierro al asunto con un: “Yo no me peleo con actores, me peleo con estudios”, dejando claro a qué nivel se sentía. Cuando McQueen estaba a punto de morir de cáncer le llamó para darle las gracias "¿Por qué?" preguntó Brynner. "Podrías haberme sacado de la película cuando te sacudí", respondió McQueen, "pero me dejaste quedarme y esa película me convirtió en lo que soy, así que gracias".

Su último gran papel fue un trasunto del líder que había interpretado en Los siete magníficos y su secuela. El amenazante vaquero robótico de Almas de metal (la Westworld original) se convirtió gracias a su interpretación en el personaje no humano que más miedo dio en los setenta junto con el camión de El diablo sobre ruedas.

Mientras su impacto en la pantalla decaía, aumentaba en élsu deseo de dedicarse a su otra pasión: la fotografía. Siempre acudía a los rodajes con su cámara y con ella fueron inmortalizadas todas las grandes estrellas de la época, pero también posó su mirada sobre los más desfavorecidos y a su servicio y junto Inge Morath realizó trabajos fotográficos para la agencia Magnum. Orgulloso como siempre estuvo de sus raíces gitanas, reales o no, apoyó incesantemente a los refugiados, de los que fue un apasionado adalid. En 1959 fue nombrado asesor especial de ACNUR y siempre utilizó cualquier altavoz que ayudase a poner de manifiesto la compleja situación en la que vivían millones de refugiados en todo el mundo

Su compromiso se trasladó a su vida privada. Cuando se casó por tercera vez, el pueblo vietnamita estaba sufriendo los efectos de una guerra brutal y el actor y su nueva esposa adoptaron a dos niñas vietnamitas que lo habían perdido todo. Los niños eran lo más importante de su vida, el abandono de su padre había marcado su infancia y nunca quiso que sus hijos sintieran ese dolor. A pesar de sus tres divorcios sus hijos siempre estarían unidos a él y entre sí.

Con las fuerzas cada vez más mermadas por su adicción al tabaco –fumó cinco paquetes diarios desde los doce años–y los papeles cada vez más alejados de los roles protagonistas que le habían encumbrado, su mayor alegría fue recibir una nueva llamada de Broadway para revivir El rey y yo. Se entusiasmó tanto que en la primera función se desgarró las cuerdas vocales y su hijo mayor tuvo que cantar desde el foso de la orquesta mientras él movía los labios. No le importó a nadie, estaban ante el único rey de Siam.

En 1983 le diagnosticaron un cáncer de pulmón y le dieron tres meses de vida, vivió dos años más, en cuanto fue consciente de su enfermedad se dedicó a visibilizarla. En una de sus últimas entrevistas declaró que quería hacer un anuncio publicitario que concienciase de los peligros del tabaco, el mensaje sería claro: "Ahora que me fui, te digo: no fumes, hagas lo que hagas, simplemente no fumes" dijo mirando a cámara. Tras su fallecimiento la Asociación Americana Contra el Cáncer consiguió el permiso de su mujer y ese sencillo mensaje se convirtió en una de las armas más potentes contra el tabaco. En un momento en el que la sociedad comenzaba a vislubrar su peligro, la imagen de un Brynner que había fallecido apenas unos meses antes se incrustó en la memoria de millones de espectadorestal como previamente lo habían hecho sus papeles más sonados.

El 30 de junio de 1985 Broadway le homenajeó tras su actuación número 4.625, nunca nadie había interpretado tantas veces un papel . Murió menos de cuatro meses después, el 10 de octubre de 1985, rodeado por sus cuatro hijos.

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