¿Qué pintamos aquí? Seis exposiciones de arte que dan respuesta

Existe esa fantasía de que vamos a un museo y vivimos el arte con tanta intensidad que podemos meternos en los cuadros y todo. Pues cuidado con las fantasías, porque la niña Solveg Christiansen se metió dentro de un cuadro y nunca más pudo salir.

La historia de Solveg se cuenta en Las brujas, el libro infantil del gran Roald Dahl que ha sido adaptado un par de veces al cine: la última, dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Anne Hathaway, se estrenó hace no mucho en cines y plataformas de streaming. La criatura vivía feliz con sus padres en su Noruega natal, hasta que una bruja decidió dar un nuevo sentido a la expresión esto es un cuadro de comedor y la recluyó para siempre en un lienzo con una escena campestre que decoraba su casa. Siempre me acuerdo de la pobre Solveg cuando escucho que alguien quisiera “vivir dentro de un cuadro”, como si el arte fuera un segundo piso en Avenue Montaigne o algo por el estilo.

Un cuadro no es eso (aunque pueda costar lo mismo o más), ni tampoco es unas gafas de realidad virtual, y por eso no podemos meternos en él. En realidad ocurre al contrario: si la cosa funciona bien es el arte que se mete en nosotros, porque toda obra artística es ante todo una idea. Lo ha sido siempre, desde mucho antes de que existiera el arte conceptual. De hecho la expresión “arte conceptual” es más bien redundante, como cuando decimos amiga personal o paella valenciana. Desde las pinturas rupestres hasta Marina Abramović, no ha habido arte sin un concepto detrás.

Pensaba en todo esto mientras veía la exposición dedicada a Piet Mondrian y el movimiento artístico De Stijl en el Reina Sofía, que es estupenda a pesar de que seguramente por las circunstancias pandémicas no haya podido reunir todas las piezas previstas. Ustedes me preguntarán que a ver qué concepto, qué idea hay en unos cuadros compuestos solo con líneas negras perpendiculares y áreas planas de color azul, rojo o amarillo. Dalí, que aborrecía a su colega holandés, alegaría que ninguna: "Piet, Piet, Piet, niet, porque niet en ruso es “nada”, dijo. A Dalí y a ustedes les respondo que allá cada cual con sus ideas, pero que la que yo extraigo de Mondrian es que en el universo existe un orden sencillo y eterno que garantiza el equilibrio entre todas las cosas. Y esa es una buenísima idea porque da ganas de vivir.

Pues más o menos a la misma idea nos invita el arquitecto José Miguel Prada Poole en una pieza que ha estado expuesta en la galería Maisterravalbuena (a cuatro pasos del Reina), y en la que una serie de puntos reproducían el cosmos según un esquema totalmente simétrico. Es el universo ordenado por un neurótico: un monumento en papel y tinta de rótring. Mientras veo obras como esta me creo el cuento, pienso que en efecto todo en el mundo responde a un orden de lo más cabal y consigo preservar mi paz interior sin recurrir a lexatines y demás consuelos químicos.

Pero luego basta con que me acerque a otra exposición del mismo museo, la del artista argentino León Ferrari, para entender que el universo es una habitación revuelta en la que el ser humano se aferra a cualquier fanatismo con la esperanza de no perder pie, y que esto le lleva una y otra vez a la ruina, y adiós paz interior, hola lexatin. Ahora la pregunta es cómo resulta posible creerse primero una cosa y luego la contraria, y la respuesta es porque ambas ideas son ciertas, al menos durante todo el tiempo que estamos viendo las obras de arte que las sustentan. Y también después, cuando seguimos pensando en ellas, y por tanto las llevamos dentro, y a veces ahí se quedan para siempre junto a las demás.

¿Más arte, más ideas? En el Museo del Prado hay una exposición llamada Invitadas, y en el CA2M de Móstoles otra que se titula Historia del arte, y entre las dos nos cuentan algo que también dice Fran Lebowitz en el documental de Netflix Supongamos que Nueva York es una ciudad, que todos estamos viendo estos días con fascinación bien difundida en las redes sociales (¿y cómo no, si habría que ser un cacho de leña para no quedarse hipnotizado ante ese portento?). Afirma Lebowitz que ser mujer ha significado una cosa durante milenios, pero que ahora de pronto, a la luz de movimientos como el #metoo, significa otra muy distinta. Ese cambio de paradigma es uno de los más apasionantes de la Historia, y deberíamos estar encantados por haber sido testigos de él, más que nada porque varias generaciones antes que nosotros han estado esperándolo para quedarse siempre con un palmo de narices.

Pocas veces como hasta ahora hemos sido tan conscientes de estar viviendo la Historia en directo, sin el desfase temporal que se le suponía al asunto. Pero estamos tan centrados en no perdernos ese presente que a veces se nos escapa el pasado, que es de lo que de toda la vida ha ido el relato histórico. Por ejemplo, de los Estados Unidos nos han llegado los entresijos de las últimas elecciones presidenciales y las imágenes alucinantes del asalto al Capitolio (y lo que nos queda), pero poco se ha hablado del centenario de la Decimonovena Enmienda a su Constitución: justo la que allí permitió el voto de las mujeres. Para conmemorarlo, una artista española, Elena del Rivero, expone desde el verano en varias ciudades estadounidenses una pieza llamada Home Address, que utiliza unos humildes trapos de cocina como banderas, ya sea izándolos sobre un asta o colgándolos de un balcón.

Pienso que la idea que esta artista nos transmite no es tanto que una bandera es un trapo como que un trapo también puede convertirse en bandera. Ese trozo de tela se ha asociado a la mujer para vincularla al ámbito poco prestigioso de los cuidados y la limpieza y excluirla de campos de batalla más “elevados” como la vida política, así que ha llegado el momento de reivindicarlo para dar la vuelta a la ecuación. Pero esta es solo una posibilidad. Habría que preguntarle a la propia Elena qué pretendía con su obra, y a cada uno de nosotros qué es lo que vemos en ella, que quizá no coincida, y ni falta que hace.

Todo esto son ideas. Y no nos encierran dentro de un cuadro, como le pasaba a la pobre Solveg, sino que se expanden por nuestro interior y así nos llevan más lejos. Que es a lo que hay que aspirar, porque si no díganme ustedes qué pintamos aquí.

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