No, no es casualidad que Nancy Pelosi esté convirtiendo la mascarilla en símbolo político

Cuando la historia y la sociología de la moda tenga que escribir nuestra época, sin duda mencionará la aparición de la mascarilla como la nueva prenda que marca los no menos nuevos ‘tiempos víricos’. Aún estamos en el trance de ver cómo la integraremos en nuestra rutina, pero lo que ya está claro es que la versión quirúrgica que hoy llevamos por prescripción gubernamental no tiene ninguna posibilidad de persistir. Si hemos de lucir mascarilla, tendrá que pasar necesariamente por el filtro de la moda, sí o sí. Esta estetización, junto al minuscabo de la imagen de fortaleza y control que supone, hace que se haya detectado una reticencia de los hombres a la hora de protegerse del coronavirus. En Donald Trump, como en Bolsonaro, vemos tanto la obsesión por mostrarse invencible hasta por un virus global, como el oportunismo político de negar la gravedad de una pandemia que exige un enfoque social y amenaza la actividad economica. Esa reticencia supone una oportunidad política y Nancy Pelosi, la estratega más inteligente del partido demócrata, no ha dudado en aprovecharla.

El movimiento es magistral: aprovechando que el presidente Trump se niega a ponerse mascarilla (aunque ha ordenado que todo el personal de la Casa Blanca sí lo haga tras conocerse dos casos de contagio), Nancy Pelosi no ha perdido la ocasión de aparecer constantemente con una mascarilla sobre la cara o, cuanto tenía que hablar, doblada en el cuello. Además, se ha esforzado especialmente para que su presencia sobresalga. No se trata de mascarillas quirúrgicas o médicas, sino de diseños de moda con estampados llamativos que reclaman la atención de las cámaras. El objetivo es fijar una nueva imagen en la que la mascarilla juega un papel central para apropiarse de su valor comunicativo y político. La jugada es casi jaque mate.

Al llevar constantemente en público la mascarilla, Nancy Pelosi traslada una imagen de precaución y prevención ante el virus, sin minusvalorar su gravedad ni faltar al respeto a tantos muertos que ha ocasionado en todo el mundo. Pero, además, la convierte en un símbolo de las políticas que no buscan darle la espalda sino encararlo de frente, haciendo uso de todos los instrumentos al alcance del gobierno federal para paliarlo. Así, la mascarilla rinde ahora sus réditos de imagen al partido demócrata y le permite reforzar su posición de líder de la oposición a Trump, ucho más visible y efectiva que el mismo Joe Biden, candidato demócrata en las próximas elecciones de noviembre. ¿Y la mascarilla de Ivanka? A los efectos de la comunicación política, la hijadel presidente baila al son de la oposición demócrata. Qué inteligencia la de Pelosi.

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