‘King Richard’, un padre contra el racismo que crió a dos leyendas del tenis: Venus y Serena

“Venus y Serena van a revolucionar el mundo”. Son las premonitorias palabras de Richard Williams —encarnado por el actor Will Smith— en King Richard, una película sobre la increíble historia del padre de dos de las mejores deportistas de la historia. El biopic, que aterrizará en las salas de cine estadounidenses el próximo 19 de noviembre y está dirigido por Reinaldo Marcus Green, cuenta con ambas tenistas como productoras ejecutivas, y retrata a Richard como un tipo singular e inasequible al desaliento. No es para menos, si tenemos en cuenta las vicisitudes por las que pasó el estadounidense hasta llegar a convertirse en un exitoso entrenador de tenis.

El propio Richard cuenta en su autobiografía (Black and White: The Way I See It) que nació en un barrio pobre y negro de Luisiana a principios de los años cuarenta, y que fue uno de los cinco hijos que su madre tuvo con el mismo hombre, un señor que nunca llegaría a vivir bajo el mismo techo que ellos, y que además pasó de reconocer a los críos como propios. Richard aseguraba que creció experimentando la segregación racial más bestia, se acostumbró a ser perseguido por niños blancos y más de una vez recibió palizas de un sheriff de la zona. Con ese percal, no es de extrañar que creciera lleno de ira y que acabara robando, traficando con lo robado y metiéndose en peleas.

En ese mismo libro relata que, siendo aún veinteañero, aterrizó en Los Ángeles, donde conoció a una mujer llamada Betty, con la que se casó en 1965 y tuvo varios hijos antes de divorciarse en 1973. Después, se cameló a una enfermera de Michigan diez años menor que él llamada Oracene. Los dos contrajeron matrimonio en 1980 y vivieron una temporada en una casa que Richard adquiriría en Long Beach —junto a las tres hijas que Oracene había tenido con su primer marido—, antes de mudarse con la familia al conflictivo barrio de Compton.

El señor Williams, que entonces administraba una empresa de seguridad en Los Ángeles, andaba una tarde de domingo viendo la televisión con su familia y haciendo zapping cuando, según su propia versión, se topó con la retransmisión de la entrega de premios al término de un partido de tenis. La ganadora del torneo, una joven rumana llamada Virginia Ruzici, estaba recibiendo un cheque con la nada desdeñable cifra de 40.000 dólares, y a Richard, que nunca había sentido interés por ese deporte hasta aquel instante, los ojos le hicieron chiribitas. La bombilla se le iluminó : alguna de sus hijas podría convertir el tenis en carrera profesional. Y, con algo de suerte, hasta podría llegar a forrarse.

Por suerte para él, su trabajo le dejaba tiempo durante el día, así que empezó a emplear ese tiempo en aprender a jugar al tenis, y redactó un plan de 78 páginas. Tal y como cuenta el escritor Gerald Marzorati en su libro Serena Williams, Richard se compró una raqueta de segunda mano y aprendió las nociones básicas sobre técnica tenística a base de ver vídeos, leer libros y revistas, y dar golpes contra una pared durante horas. “A continuación, buscó un entrenador que le diese clases en un parque de Watts. Richard le enseñó lo que sabía a Oracene, que al igual que él era alta y estaba en forma, y que había jugado al voleibol y a otros deportes en Michigan. Además, Richard empezó a desarrollar o adaptar teorías sobre cómo modelar a una futura estrella del tenis: lanzar un balón de fútbol americano servía para desarrollar la fuerza requerida en el brazo y el hombro para tener un servicio adecuado y potente, mientras que practicar con viejas pelotas de tenis, ya pelonas, exigía dar mayor velocidad al cabezal de la raqueta”.

Marzorati señala igualmente que los Williams optaron por instalarse en Compton porque, aunque es cierto que Oracene lo veía como un lugar peligroso para criar a sus hijas, Richard estaba convencido de que “el gueto forjaba la grandeza”. El patriarca pensaba que aquella zona chunga “sería un campo de pruebas: Se acostumbrarían a combatir. ¿Y no iba a ser muchísimo más fácil jugar delante de montones de blancos si ya habían aprendido a jugar delante de montones de miembros de bandas armados?" Compton convertiría a sus hijas pequeñas en duras combatientes. Ese era su razonamiento, o el mito derivado de la creencia popular”.

Las hijas mayores (Yetunde, Lyndrea e Isha) fueron las primeras en empuñar la raqueta por voluntad de su padre. Alguna de ellas jugaba relativamente bien, pero quizás era demasiado mayor ya para llegar a entrar en el circuito profesional. Pero Richard era un hombre optimista y puso entonces sus esperanzas en Venus y Serena. Las dos comenzaron a entrenar en pistas públicas de Compton o alrededores siendo aún pipiolas. Lo hacían casi todos los días. Antes de ir a la escuela (ámbito que nunca descuidaron en primaria), después de salir del colegio, antes o después de sus sesiones de estudio de la Biblia en el lugar de culto de los testigos de Jehová al que acudía la familia, y también los fines de semana.

Las hermanas Williams han comentado en alguna ocasión que Richard creía en la repetición, que su mujer y él eran unos entrenadores duros, y que les inculcaron a sus hijas una disciplina de por vida. “Cuando se hacía demasiado de noche para seguir jugando”, apunta en su ensayo Marzorati, “las niñas recogían las pelotas casi sin vida con las que habían estado practicando y las metían en las cajas que Richard guardaba en la furgoneta para ello. Richard solía dejar el carrito de la compra que usaba en la pista para guardar las pelotas y lo encadenaba a uno de los postes de la red; a veces, incluso, dejaba también en el parque los letreros que hacía él mismo y que ajustaba a la valla metálica, al fondo de las pistas, letreros destinados a inspirar y a exhortar a sus hijas: "Si no te organizas bien, fracasas". "Venus, tienes que controlar tu futuro". "Serena, tienes que aprender a escuchar’”.

Venus y Serena tenían 10 y nueve años, respectivamente, cuando su familia se marchó a Florida. Parece ser que se fueron a vivir allí atraídos por Rick Macci, que regentaba una academia de tenis en Haines City y entrenaba a la entonces prometedora Mary Pierce. Rick acabó visitando a los Williams para ver en acción a sus hijas y pasó a entrenarlas durante los siguientes tres o cuatro años. Al principio, Richard no era partidario de que sus hijas compitieran en torneos júnior, pues pensaba que, si se convertían en profesionales demasiado pronto, podían llegar a perder el rumbo o quemarse rápidamente. Sin embargo, en 1994, cuando Venus cumplió catorce, Macci le aconsejó que la incluyera en algún torneo profesional antes de que acabara aquel año, algo a lo que Richard terminó accediendo a regañadientes. Así fue como la mayor de las hermanas disputó su primer partido de la WTA en un torneo de pista dura, ante una inmensa expectación mediática. Aquel día, Venus saltó a la pista ataviada con un traje casero sin marcas de patrocinadores. Solo unos días después, su padre firmó un acuerdo multimillonario con la marca estadounidense Reebok.

Venus y Serena —que jugaría su primer partido unos meses después, en octubre de 1995— redujeron poco a poco el número de sesiones de entrenamiento en la academia de Macci. Siguieron entrenando en pistas públicas cercanas a su casa y practicaron también, como si no hubiera un mañana, en la pista que Richard mandó construir junto a la casa que compró. A finales de los noventa, empezaron a disputar cada vez más torneos del circuito profesional, y emplearon su potencia física y su enorme hambre de triunfo para cosechar sus primeras victorias ante las mejores raquetas del planeta.

En septiembre de 1999, con apenas 17 años, Serena conquistó el primero de los 23 títulos individuales del Grand Slam que ostenta a día de hoy, tras merendarse a Martina Hingis, entonces número uno del mundo, en la final del Us Open. Tan solo tres años después, los Williams se divorciaron, pero Venus y Serena no dejaron que aquello les afectara más de la cuenta y se consagraron como las reinas del tenis mundial tras enfrentarse en la final de Roland Garros. Richard no cabía en sí de gozo cuando, en febrero de 2002, Venus se convirtió en la primera mujer afroamericana en alcanzar el número uno, tras encadenar una racha de 56 victorias en 61 partidos disputados, en los que logró hacerse con un total de nueve títulos —Serena le arrebataría aquel liderato a su hermana en el mes de julio del mismo año—.

Parece ser que una de las razones por las que Richard se mostraba reacio a permitir que sus hijas compitiesen profesionalmente siendo aún adolescentes era el hecho de que quería protegerlas del racismo. Razón no le faltaba al hombre. En marzo de 2001, Serena disputaba la final femenina del torneo de Indian Wells frente a la belga Kim Clijsters, y Richard y Venus acudieron al estadio para verla jugar. Cuando bajaron las escaleras hasta el palco de Serena, los allí presentes —señores blancos pudientes en su mayoría— les recibieron con un abucheo estrepitosoque ya no cesaría durante la mayor parte del encuentro, y que se acabaría mezclando con las burlas e insultos racistas hacia la hermana menor. ¿La razón? Que Venus tenía programado jugar una de las semifinales contra su hermana la tarde anterior, pero anunció su retirada minutos antes de que diera comienzo el encuentro, alegando una lesión en la rodilla derecha.

La gente que había ido a ver el Venus-Serena se tomó bastante mal aquella retirada repentina, y algunos periodistas echaron más leña al fuego al asegurar que todo obedecía a un amaño ideado por Richard, quien respondió a aquellos abucheos levantando el puño en señal de protesta contra el racismo que se respiraba en el ambiente. “Fue un día que avergonzó a América”, escribiría después en sus memorias el padre de las criaturas, que también se preguntó si “a alguna otra familia (una familia blanca, por supuesto) la habrían tratado como a la mía”.

Serena jugó visiblemente nerviosa durante todo aquel encuentro. Pero pensó en su familia y en Althea Gibson —la primera tenista negra que ganó un torneo del Grand Slam—, rezó, sacó fuerzas de flaqueza, y hasta acabó ganando el partido. “No estoy aquí para partirme la cara por los señoritos de pelo canoso teñido de Palm Springs. No: estoy aquí por mí, y la gente tiene que entenderlo. No soy diferente a cualquier otro deportista”, apuntaría luego la propia Serena en su biografía My life. Queen of the court.

Ni Serena ni su hermana quisieron volver a disputar el torneo de Indian Wells durante muchos años después, pero es evidente que aquella sufrida victoria ante Clijsters forjó en cierto modo a la Serena que todos conocemos hoy día. Una jugadora contestataria, luchadora donde las haya y poseedora de una fortaleza mental que la ha ayudado a convertirse en la mejor tenista de todos los tiempos. Y un icono cultural que ha reclamado la igualdad salarial para las mujeres negras, ha manifestado abiertamente que ella no merece cobrar menos que los tenistas masculinos “por tener pechos” y que ha servido de inspiración para muchísimas niñas que decidieron empezar a practicar tenis después de verla hablar públicamente o competir.

Richard siguió siendo el entrenador de Venus y Serena, aunque cada vez viajaría menos con ellas. De hecho, la menor de las Williams acabó rompiendo profesionalmente con su padre —que el próximo mes de febrero cumplirá 80 años— y comenzó a ser entrenada en 2012 por el técnico francés Patrick Mouratoglou, quien le dio un nuevo impulso a su entonces algo estancada carrera. Aun así, las dos hermanas han seguido consultando a Richard antes de determinados partidos, y han besado siempre por donde pisa. “Definitivamente, él nos enseñó a ser independientes y emprendedoras. Nos preguntaba cosas como: ‘¿Por qué el rico se enriquece y el pobre es más pobre?’. Y nosotras teníamos que responder y no le podíamos decir ‘no lo sé’. Teníamos que pensar”, confesaría Venus en una entrevista de 2017 con The Times Magazine.

No es un secreto que los métodos poco ortodoxos empleados por Richard para convertir a sus hijas en superestrellas del tenis mundial, unidos a su carácter algo fanfarrón y excéntrico, le granjearon siempre críticas y enemigos. Sin embargo, su forma de inculcar a sus hijas los valores del respeto, la superación personal y la determinación inspiró a tipos como Leonard Francois, padre de la tenista Naomi Osaka, que dice que empezó a entrenar a sus hijas después de conocer la historia de Richard (y de ver por televisión el talento derrochado por las Williams). Curiosamente, la japonesa derrotó a su ídolo de la infancia, Serena, en la controvertida final del Us Open 2018 —frustrando así el sueño de la estadounidense de volver a ganar un major tras haber sido madre de una niña—, y ya ha experimentado lo que una siente al alcanzar el número uno del ranking de la WTA. Al igual que las Williams, Naomi es negra, tiene carisma, golpea la pelota con mucha fuerza, parece poco dispuesta a callar ante las injusticias sociales y aspira a romper todos los récords. Veremos si la historia se repite.

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