K-pop: clones, abusos y millones de fans. Este es el plan de Corea del Sur para dominar el pop mundial

Medio siglo dista entre la beatlemanía, la aparición oficial del fenómeno fan, y el K-Pop, el pop coreano que arrastra masas adolescentes en todos los continentes. Aparentemente sigue en pie lo fundamental: el apasionamiento enfervorecido de un público entregado a sus ídolos. No vemos, sin embargo, lo sustancial: cómo la industria ha pasado de buscar jóvenes músicos a fabricarlos ella misma. Decimos bien fabricar, porque no se trata ya de reclutar talento en un casting como del que salieron las Spice Girls, sino de captar, entrenar y seleccionar en un proceso inquietantemente similar al de la producción en serie. En Seúl, las aspirantes a estrella son engatusadas por las escuelas del K-Pop en la pubertad y sometidas a un entrenamiento feroz durante no menos de cinco años. Si logran triunfar, la presión por vender y aparecer siempre perfectos es insoportable, hasta el punto de la depresión, las drogas y el suicidio. El último se llevó en junio la vida de Yohan, cantante de TST, de 28 años, pero 2019 fue un año aciago: se suicidaron Cha In Ha, de 27 años; Sulli, de 25 años, y Goo Hara, de 28.

Los sucesos protagonizados por estrellas del K-Pop ocupan las portadas de los periódicos casi desde su nacimiento oficial como género, en 1992. En 1996, el cantante Seo Ji-won (19 años) se quitó la vida por miedo a no triunfar con su segundo álbum. En 2007, falleció Kim Jong-hyun (27 años), quien confesó en su nota de suicidio que le había consumido la depresión. Chae Dong-Ha, excantante del trío SG Wannabe, lo hizo también en 2011. En 2014, un accidente de coche terminó con la vida de EunB (21 años), la cantante de Ladies’ Code. Fue provocado por su mánager, que conducía muy por encima de la velocidad permitida. En 2017 se suicidó Jonghyun (27 años), cantante del grupo SHINee, también gravemente deprimido. Al año siguiente murió de una sobredosis Seo Minwoo (33 años), miembro de la banda de chicos 100%.

A los 30 años, los cantantes del K-Pop son ya demasiado viejos, pero no se han hecho ricos.

Hannah Waite, fundadora de Moon-ROK, la primera web dedicada al K-Pop en Occidente, descubrió el funcionamiento perverso de la factoría de estrellas. “Reclutan a niños muy jóvenes, con 10 o 12 años –ha contado a la BBC–. Existen tres grandes agencias que entrenan a unos 200 candidatos cada una. Les hacen firmar los llamados “contratos esclavos”, que pueden durar hasta 15 años. Viven en dormitorios comunitarios y duermen entre cinco y dos horas, porque tienen que entrenar antes de ir a la escuela y después, hasta las 11 de la noche. Si logran debutar, han de aprovechar el tiempo: en pocos años serán destronados por nuevos candidatos más frescos y ambiciosos”. A los 30, los cantantes del K-Pop son demasiado viejos y no se han hecho ricos. Las bandas reciben entre el 10 y 20% de los beneficios, aunque hay casos de grupos (AOA, por ejemplo) que no cobraron hasta tres años después de su debut.

Detalles de su draconiana vida han ido filtrándose gracias a los candidatos descartados, jóvenes que han de retomar la vida muchas veces con deudas pendientes por alojamiento, clases y hasta operaciones de cirugía estética. La restricción de comida es obligatoria, ya que ellos y ellas deben lucir siluetas mínimas (el peso tope para las chicas de hasta 1,60 cm es de 38 kilos). Los entrenamientos coreográficos con sacos de arena de 40 kilos atados a las piernas son habituales.

Los contratos les prohiben tener citas. La cantante Minami Minegishi se afeitó la cabeza por haber pasado una noche con su novio.

Los contratos incluyen una cláusula que les prohíbe tener citas, supuestamente para “proteger su reputación”. Minami Minegishi, de la banda de chicas AKB48, llegó a afeitarse la cabeza para pedir disculpas públicas por pasar una noche con su novio. Los casos de Sulli y Goo Hara muestran el terrible daño añadido que reciben las mujeres del K-Pop, a las que se exige máxima perfección física, reputación intachable y una fortaleza mental de hierro. Ambas sufrieron un intenso acoso digital por no ajustarse al ideal femenino de la industria pop: Sully colaboró en una campaña feminista anti-sujetador y reivindicó el fin del tabú sobre las enfermedades mentales hablando abiertamente de su depresión. Goo Hara se recuperó de un primer intento de suicidio, pero sufría depresión y vivió un caso de molka por parte de su exnovio, un tipo de acoso en el que los hombres graban sin permiso vídeos sexuales o desnudos y amenazan con hacerlos circular o los venden en Internet. Este acoso se ha convertido en una verdadera plaga en Corea del Sur, un país con la tasa de suicidios más alta del mundo desarrollado.

Sí han terminado con sus huesos en la cárcel Jung Joon-young y Choi Jong-hoon, dos famosos cantantes que se grabaron violando a mujeres intoxicadas en el club Burning Sun, en un caso de drogas, sobornos, malversación y violación en el que se vieron envueltos empresarios y miembros de la industria musical. “Las estrellas masculinas del K-Pop no son ninguna excepción en una sociedad perturbadora que continuamente explota a las mujeres”, ha denunciado públicamente la activista feminista del MeToo coreano Bae Bok Ju. De hecho, varios CEO de agencias pop han sido condenados por agresiones sexuales a sus candidatas o por traficar con ellas.

Sin embargo, y pese a los escándalos, el K-Pop es el principal producto cultural de exportación de Corea del Sur, una industria que el Gobierno apoya con rebajas de impuestos, financiación de estudios académicos que eleven su prestigio y promoción en sus embajadas en todo el mundo. Sus jóvenes estrellas son el activo central del Hallyu [la ola], el plan gubernamental para convertir lo coreano (incluida su potente industria cosmética) en algo deseable globalmente. Para ello, el presidente Moon Jae-in aprobó en diciembre de 2019 el mayor presupuesto dedicado a cultura, deportes y turismo de la historia del país: 418.000 millones de dólares.

Este tipo de expansión global desde lo cultural no es nueva. En los años 30 y 40, Estados Unidos estableció las bases de su influencia global gracias a Hollywood y su sistema de estudios, donde las estrellas sufrieron similar control de su vida y sus cuerpos, además de imponer contratos durísimos. Décadas después conocimos la explotación laboral a la que se vieron sometidas estrellas infantiles como Marisol, los cantantes de Menudo o algunos talentos Disney. Hoy este tipo de casos sería impensable en Occidente, aunque la demanda de pop industrial siga existiendo. “Los grupos del K-Pop han tenido vía libre de entrada en nuestros mercados porque las discográficas abandonaron el modelo de desarrollo del artista”, apuntó el crítico musical Elias Leight en Rolling Stone. “Por eso pueden vendernos sonidos y coreografías que ya estaban en el pop de hace 20 años con la seguridad de que ningún artista occidental actual va a competir en ese terreno”.

¿Qué es lo que fascina tanto de las bandas del K-Pop? Lo mismo que seducía de los Monkees o, más cerca, de One Direction. Belleza, canciones y coreografías pegadizas y el dispositivo erótico-sexual que el pop ha exprimido desde siempre: ellas ejercen de lolitas sexys y ellos han de reprimir su impulso sexual para presentarse como inofensivos. Georgina Gregory, investigadora británica experta en cultura pop, habla de una “androginia juvenil impuesta”: “Se minimizan los rasgos de lo adulto, de forma que puedan ser percibidos por las fans como posibles futuros novios –asegura la analista–. Pero presentar a estos chicos como inocentes, disponibles sentimentalmente y no activos en lo sexual no es fácil, porque están en el momento álgido de su maduración sexual y llenos de testosterona”. Lo consiguen. Miles de millones de euros dependen de la satisfacción del deseo romántico de las fans. Al final, son ellas quienes tienen en su mano el sueño imperial de un país.

El imperio de la K

La industria del K-Pop mueve anualmente unos 5.000 millones de euros. Solo el grupo BTS genera más de 3.600 millones de dólares al año, el equivalente a la producción de 26 empresas medianas. Las estrellas del K-Pop impulsan, además, el boom global de la estética: Seúl es la capital mundial de la cirugía, con más de 600 clínicas en la ciudad y 50.000 turistas que acuden a ellas cada año. Y, por supuesto, contribuyen a la expansión de la K-beauty o cosmética coreana. Se espera que en 2024 alcance los 200.000 millones de facturación anual, un cuarto del mercado de la belleza mundial.

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