Especial Mujeres líderes, hablamos con Jacinda Ardern: "No estaba segura de si estaba preparada, pero se lo debía a la gente"

Jacinda Ardern (Hamilton, 1980) nunca esperó ser primera ministra. Originaria de Murupara, en la región rural de la Isla del Norte de Nueva Zelanda, con una población de 3.000 habitantes, pasó su niñez conduciendo tractores, pastoreando ovejas y cogiendo fruta del huerto familiar. Tenía un cordero como mascota: se llamaba Reggie y lo intentó entrenar, sin éxito, para competir en un festival ganadero.

Cuando la familia se fue al norte, a Waikato, Jacinda presenció por primera vez la desigualdad presente en la sociedad neozelandesa. “Por supuesto, cuando eres un niño no lo llamas justicia social. Me parecía que estaba mal que otros niños no tuvieran lo mismo que yo”, recuerda. Además de a sus estudios y al trabajo a media jornada en la tienda local de fish and chips, empezó a dedicar su tiempo a grupos pro derechos humanos en el colegio. Uno de sus primeras acciones fue para pedir que el código de vestuario de su escuela de Secundaria permitiera que las niñas llevasen pantalones largos, igual que sus compañeros varones. Lo consiguió.

Las habilidades de liderazgo de Ardern ocuparon el centro del escenario mundial cuando, en plena pandemia, apeló al espíritu de los neozelandeses para trabajar juntos, pidiéndoles generosidad y empatía hacia los demás. “Estamos poniendo a los demás por delante en este momento y eso es lo que sabemos hacer muy bien como nación. Así que, Nueva Zelanda: conserva la calma, sé amable, quédate en casa y rompe la cadena”.

Mujerhoy ¿Tenía alguna ambición particular o alguna aspiración concreta cuando era joven?

Jacinda Ardern Solo recuerdo que era una niña muy angustiada. Tengo recuerdos nítidos de vivir en una ciudad muy pequeña durante una época muy dura. Mi padre era policía local. También recuerdo como si fuera ayer que había niños que no tenían nada para comer en el colegio. Un día vi a un niño pequeño sin zapatos en pleno invierno. Ese tipo de cosas me provocaban preguntas. También aprendí mucho de mis padres. La gente me pregunta por mis referentes y, entre todos los líderes mundiales que podría elegir, sigo quedándome con mi madre y mi padre.

M.H. Tenía 17 años cuando se afilió al Partido Laborista. ¿Se imaginaba entonces que llegaría a ser primera ministra?

J. Ardern Hasta el día antes de mi investidura, no me vi como primera ministra. En Nueva Zelanda somos de por sí muy autocríticos; si soy honesta, soy una persona que se ha detenido siempre más en sus defectos. Por otra parte, crecí en una ciudad muy pequeña y solo hay 120 miembros en el Parlamento en Nueva Zelanda. ¿Cómo iba a pensar siquiera que llegaría a ser uno de ellos?

M.H. Cuenta que en política ha aprendido a confiar de su instinto.

J. Ardern No sé cómo podría desempeñar esta responsabilidad sin el instinto. No significa que haya escogido ignorar los hechos y los datos, porque es muy, muy importante para mí tomar decisiones basadas en la información. Pero, en realidad, no puedes desoír lo que tu instinto te dice. Y tampoco deberías. Creo que uno de los peligros del liderazgo hoy, especialmente en la política, es que tenemos tanta información en estos momentos y tantas encuestas sobre lo que piensa la gente, sobre la manera en que nos perciben y cómo se supone que nos debemos presentar, que corres el riesgo de convertirte en alguien sobreinformado. Si algo necesitamos ahora mismo es ver a seres humanos haciéndolo lo mejor que pueden en puestos de liderazgo. Eso significa que, cada cierto tiempo, pueden dar un traspiés y habrá que reconocerlo. Todo el mundo verá tus fallos, pero también que eres honesto. La gente necesita autenticidad, no una idea prefabricada sobre lo que se supone que debe ser el liderazgo político.

Me castigo y me regaño, no llevo nada bien mis equivocaciones”.

M.H. Si tuviera que resumir las cualidades que han apuntalado su camino hacia el liderazgo, ¿cuáles diría que han sido las más importantes?

J. Ardern La amabilidad, no tener miedo a ser amable, regirme por la empatía. Una de las cosas tristes que veo en el liderazgo político es la asunción de que no puedes tener esas cualidades, que el énfasis debe estar en la fuerza y la asertividad. Cuando piensas en todos los desafíos a los que nos enfrentamos en el mundo, la empatía es probablemente lo más necesario. Si nuestra prioridad consiste en ser los más fuertes, los más poderosos de la habitación, creo que estaremos perdiendo de vista aquello para lo que se supone que nos han colocado aquí.

M.H. ¿Dónde encuentra la fortaleza en momentos difíciles como estos?

J. Ardern En la gente y en que quiero hacer cambios que perduren. En política, especialmente en la política de un país muy pequeño, sabes que, cinco minutos después de irte, tu tiempo ha pasado. La gente no recordará tu nombre, si acaso lo que hiciste. Si sobrevive algo, entonces habrás marcado la diferencia, habrás tenido éxito. La primera vez que intervine en el Parlamento había fallecido un antiguo parlamentario. Aunque haya pasado mucho tiempo desde que ocupó el escaño, tenemos la tradición de ponernos en pie y guardar un minuto de silencio en su memoria. Yo ni siquiera recordaba a esa persona, a pesar de estar muy implicada en la política. Ahí fue cuando pensé: “No tardará mucho en pasar lo mismo con todos nosotros”. En cambio, si marcas la diferencia respecto al cambio climático o en la lucha contra la pobreza puedes estar orgulloso ¿A quién le importa que nadie sepa quién lo hizo?

M.H. ¿Qué le ha sorprendido aprender estando al frente de una nación?

J. Ardern Que no necesariamente te hace más fuerte. Cuando empecé en la política, le dije a un parlamentario que pensaba que él tenía la piel dura para las críticas. “¿Cómo lo has conseguido?”, le pregunté pidiendo consejo. Le horrorizó darme esa impresión. Me dijo que las cosas le seguían afectando y que, probablemente, nunca dejarían de afectarle. Y si sucedía, significaría que habría perdido la empatía. Ahí fue cuando decidí que no quería hacerme una coraza. En vez de eso, he aprendido a filtrar las críticas, incorporarlas y escucharlas si me van a ayudar; o si no, a decir: “Vale, lo que pasa es que esta persona tiene un punto de vista muy diferente”. Fue un gran aprendizaje. El mundo no necesita una legión de políticos con la piel durísima. Necesita personas sensibles a los problemas.

M.H. ¿Se siente atacada alguna vez?

J. Ardern Claro, todos los días. Pero no me aferro al agravio. Si en política recoges ofensas y rencores, la única perjudicada eres tú. Hay que seguir adelante. No soy una santa como dicen; las cosas me irritan y me duelen, pero sigo adelante.

M.H. ¿Cómo encaja sus equivocaciones?

J. Ardern Les doy vueltas durante siglos. Me castigo bastante, me regaño, así que no lo llevo muy bien. Nada bien, en absoluto. Me siento como si hubiera fallado a la gente. Lo importante es lo que hago para sobreponerme y seguir adelante siendo productiva. Por eso el mejor consejo que puedo ofrecer es simplemente hablar con la gente, hablar con quienes te entienden, los que han estado en el mismo sitio que tú, los que pueden ayudarte a pasar página.

Cuando piensas en los desafíos a los que nos enfrentamos, la empatía es quizá la cualidad más necesaria”.

M.H. ¿Qué necesitamos ahora mismo?

J. Ardern Tan solo seres humanos siendo humanos, poner en valor nuestra humanidad. Somos un mundo muy diverso, con muchas diferencias étnicas, culturales o religiosas, pero cuando nos golpea la tragedia y quitas todas esas capas, compartimos la misma humanidad. Debemos recordar eso más a menudo. Cambia nuestro punto de vista del mundo y la manera en la que tratamos de resolver los problemas.

M.H. ¿Qué significa para usted el liderazgo?

J. Ardern Cuando era más joven, le habría dicho cosas como determinación, audacia, coraje, estar en la primera línea y, quizá, habría usado palabras como dotes de mando. Justo las cosas que puedes haber observado una o dos o tres décadas atrás en la política. Ahora sé que los líderes no tienen obligatoriamente que estar al frente del equipo. Pueden estar entre la gente, motivándola, apoyándola. A veces son discretos y modestos, pero dejan una huella en nuestras vidas.

M.H. Se ha convertido también en un referente de liderazgo femenino para millones de mujeres en todo el mundo. ¿Qué diría a todas aquellas que han visto en usted un ejemplo?

J. Ardern Prefiero no hacer declaraciones contundentes, solo compartir mi experiencia personal y la reflexión de que hay dos temas que las mujeres casi siempre se encuentran de forma universal: las barreras para ejercer el liderazgo y el evidente sexismo que existe en la sociedad actual. Tenemos mucho que avanzar en ese aspecto. También hay una falta de confianza en nuestras mujeres, algo que empieza desde que son muy pequeñas. He ido a muchas escuelas y, a menudo, aprovecho para hablar con las niñas y adolescentes sobre sus metas. Les doy a todas un poco de tiempo para que se lo piensen y luego les digo: “ahora escribid lo que pensáis que vais a hacer”. Yo nunca habría escrito “primera ministra” como mi primer objetivo. No lo hubiera ni siquiera imaginado. Ni siquiera ser miembro del Parlamento. Por eso reflexiono sobre cómo fueron las cosas para mí e intento hacer ver a los demás que podemos convertirnos en una barrera para nosotras mismas. Ya hay suficientes obstáculos en este mundo para que seamos uno también nosotras.

M.H. ¿De donde saca su confianza en si misma?

J. Ardern No lo sé, la verdad. No creo que hubiera un momento decisivo en el que de repente comenzara a creer en mí misma, lo que encontré fue responsabilidad, ese sentido del deber. Ha habido ocasiones en las que la gente ha venido y me ha dicho: “Creemos que deberías dar un paso adelante”. No estaba segura de si estaba preparada, pero entones pensaba que se lo debía a la gente, a los que me lo estaban pidiendo. Eso ha sido lo que me ha ayudado a superar mi inseguridad.

M.H. ¿Cómo se ha enfrentado usted al machismo que mencionaba?

J. Ardern En realidad, no sería justa con Nueva Zelanda si no reconociera que mi experiencia ha sido realmente buena. Puedo contar historias, pero comparadas con algunas de las cosas que he leído y oído, no aportan demasiado al debate. También debo hacer justicia y agradecer a las mujeres que han estado en política antes que yo. El hecho de que sea la tercera primera ministra de este país significa que habrá una generación que habrá tenido a dos mujeres y un hombre al frente del Gobierno. Ante algunas situaciones oigo a veces una vocecilla en mi cabeza cuando veo algo que no me gusta, pero siempre acabo pensando: “Quizá no sea tan importante hablar de eso ahora mismo, ya tendremos tiempo”.

M.H. Si la tuviera delante, ¿qué consejo daría a la Jacinda de 20 años?

J. Ardern “Todo va a ir bien, todo va a ir bien”. Entonces tenía muchas cosas que hacer y estaba todo el rato agobiada por si hacía o no lo suficiente; incluso por si lo estaba haciendo bien. Lo único que espera de ti la gente es que hagas las cosas razonablemente bien. Hay tantos problemas sobre los que acabamos divididos, que si los destilas hasta quedarte con lo verdaderamente importante terminas por darte cuenta de que, en realidad, estamos juntos en esto.

*Esta entrevista es un extracto publicado en exclusiva del libro I Know This to Be True: Jacinda Ardern, que saldrá en 2021. ©Blackwell and Ruth Limited (www.blackwellandruth.com).

Lo que dicen de ella. Retraro de una líder. Por Anna Jover

De verdad creo que se puede hacer política sin contar mentiras”, aseguró la candidata Jacinda Ardern en un debate electoral en 2017. Tres años después, la primera ministra de Nueva Zelanda ha afianzado su prestigio internacional con un liderazgo fuerte y eficaz que se basa en la empatía y la honradez. Su popularidad es tan alta que la oposición ataca a su partido, pero casi nunca a ella directamente, y los neozelandeses le han dado el apodo de Santa Jacinda. “Representa la voz para una nueva generación de liderazgo”, afirma a Mujerhoy la presidenta del Partido Laborista Claire Szabó.

Ya hay suficientes obstáculos en este mundo para que seamos uno también nosotras mismas”.

jacinda ardern

“Tiene un estilo político que rechaza los trucos sucios y la división y los sustituye por unidad, aptitud y amabilidad. Resiste las presiones para hacer lo más beneficioso y sigue sus firmes convicciones sobre lo que es correcto hacer en aras del bien común. Observarla restaura la fe en que la política también puede ser eficaz y popular”.

Se ha ganado la admiración (y la envidia) del resto del mundo por su gestión rápida e implacable ante la amenaza de la Covid-19, que ha dejado 22 muertos en un país con una población cercana a los cinco millones. Ardern se rodeó de asesores científicos y económicos para luchar contra la pandemia, entre ellas la empresaria Rachel Taulelei, excomisionada de Comercio para Estados Unidos. “Mi experiencia es que realmente solicita tu opinión y es accesible de una manera que hasta te desarma –explica Taulelei a esta revista–. Cada vez que me he encontrado con ella, he sentido su fortaleza y capacidad de adaptación. Es una líder que invita a la gente a participar, en vez de ordenarles que lo hagan. Esta cordialidad es probablemente lo que el mundo está viendo. En todas mis conversaciones con ella, ya fuera en un evento, una reunión o una llamada, siempre se muestra como la misma persona y esto es muy reconfortante para alguien en el sector comercial”.

Ardern ha seguido los pasos de otras mujeres que rompieron las barreras de género en posiciones de poder, como la exprimera ministra Helen Clark o la exvicepresidenta del Partido Laborista Annette King, a quienes considera sus mentoras. Sin embargo, según afirma ella misma, una de sus primeras influencias fue Norman Kirk, el primer ministro que en los años 70 colocó la justicia social y el pleno empleo como las prioridades de su mandato. La experta en liderazgo Suze Wilson considera que Ardern ha heredado los valores tradicionales socialistas y los ha sabido transmitir con un dominio impecable de los medios de comunicación modernos; de hecho, se licenció en Comunicación Política y Relaciones Públicas.

“Cuando interviene en las redes sociales, sobre todo en sus directos a través de Facebook, se presenta como una mujer normal y corriente, habla con la gente como una más. Sale con ropa gastada, en su casa, con una taza de té, dejando de lado toda la pompa y ceremonia, el estatus y la formalidad que asociamos con los jefes de Estado. Esto transmite a la gente la sensación de no estar viendo a un político que se esconde tras los andamios del poder, sino a alguien que está siendo ella misma y lo único que está contando es la verdad”.

La primera vez que el mundo se fijó en esta mujer menuda, de sonrisa constante, fue en junio de 2018, cuando dio a luz a su hija Neve, apenas nueve meses después de haber accedido al cargo. Aquella imagen, la de una líder mundial que conciliaba sus responsabilidades con la maternidad, ha quedado relegada a segundo plano después de haber superado con galones dos de las crisis más importantes en la historia reciente de Nueva Zelanda: los atentados terroristas contra dos mezquitas en 2019 y la amenaza del coronavirus. La reputación de la primera ministra hace tiempo que parece inquebrantable y las últimas encuestas le dan un nivel de aprobación del 54% (muy por encima del 13% que recibe el líder de la oposición). No parece que, a pesar de algún cuestionamiento reciente, la Jacindamanía vaya a concluir. En el Partido Laborista confían en que les ayude a ganar de nuevo las próximas elecciones generales, que se celebrarán el 19 de septiembre

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