El ‘problema’ de The Crown: ¿hace Gillian Anderson que Margaret Thatcher nos caiga ‘demasiado’ bien?

Muchos y muchas fans esperábamos como agua de mayo la cuarta temporada de The Crown (Netflix) para alegrarnos un poco esta recta final de 2020. La nueva entrega de la serie que más nos ha hecho apasionarnos por los Windsor no está decepcionando.

Las estrellas de los nuevos capítulos son indiscutibles: el príncipe Carlos, interpretado por un carismático Josh O’Connor que le presta sus hoyuelos al heredero al trono, y su primera esposa, Diana de Gales, a cargo de una Emma Corrin que encarna a la perfección la inocencia de esa english rose que era Lady Di cuando todo empezó.

La roba escenas oficial en estos capítulos es, por supuesto, Gillian Anderson, cuya Margaret Thatcher ha recibido elogiosas críticas (y malas también, ojo) y ha causado un conflicto ‘ideológico’ a sus fans. No hay que olvidar que Anderson, además de la inolvidable agente Scully de Expediente X y de encarnar a unos cuantos personajes dickensianos de primer nivel, venía de robarnos el corazón en otra serie de Netflix, Sex Education, como la madre y sexóloga más cool de Gran Bretaña y parte del extranjero.

Si fuéramos espectadores más ‘profesionales’, seríamos capaces de olvidarnos -porque desde nuestro punto de vista, el trabajo actoral de Anderson obra esa magia- de quién está detrás del cardado y los trajes de chaqueta de la Margaret Thatcher de The Crown. Pero no lo somos.

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En Reino Unido, que conocen a las dos damas (de hierro) más en profundidad que nosotros, la actuación de Gillian Anderson ha provocado reacciones encontradas. Para unos, su interpretación, en términos de fidelidad a la original, es magistral, y el guión consigue que toda la trama de Thatcher sea también un comentario sobre la actualidad. Para otros, sin embargo, la actriz se mete de lleno en el terreno de la caricatura y recuerda a las imitaciones que la cómica Janet Brown hacíade la primera ministra en la BBC a finales de los 70 y durante los 80.

En el resto del mundo, la cuestión es más bien: ¿cómo separar a la carismática, progresista e icónica -especialmente en el terreno lgtb- Gillian Anderson de una figura, para muchos, conservadora, misógina, represiva y controvertida como es Margaret Thatcher? Algunos espectadores, incluso, acusan de intento de ‘blanqueamiento’ la elección de Anderson para el papel, quien por cierto ahora mismo está saliendo con Peter Morgan, creador de la serie.

Gillian Anderson recoge el testigo de Meryl Streep, que presentó a una Margaret Thatcher que comenzaba a acusar los síntomas de la demencia en The Iron Lady (2011). Streep también fue ‘acusada’ de humanizar demasiado a la primera mujer que lideró Gran Bretaña sin ser reina. Tanto en la vida real como en la ficción, parece que nos seguimos aferrando a un maniqueísmo de peli de Disney: necesitamos que los malos parezcan muy malos y, además, lo sean todo el tiempo.

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