La extraordinaria vida de Isabel de Bélgica, la reina roja que se adentró en la tumba de Tutankamón

En 2020, durante la pandemia del coronavirus, el rey Alberto II de Bélgica abrió las puertas del castillo de Laeken dos veces: una para reconciliarse con su hija biológica, Delphine Boël, y otra para recibir a las cámaras de televisión de France 3.

Según recogía hace unos días el diario belga Le Soir, el exmonarca ha participado en un documental de esta cadena sobre la vida de su abuela paterna, la reina consorte Isabel. El programa se emitirá el próximo 11 de enero y al parecer ha logrado emocionar a Alberto II, quien por primera vez hablará en público de una mujer que, tras quedarse huérfano cuando era un bebé, se convirtió en una segunda madre para él.

El rey, en efecto, tenía solamente un año de vida cuando perdió a su madre.

Ocurrió en agosto de 1935. La reina Astrid se encontraba en Suiza realizando una excursión con su marido, el rey Leopoldo III, cuando, tras un despiste de este, el coche en el que viajaban se salió de la carretera. El cuerpo de la joven reina, que por entonces tenía solo 29 años, salió disparado a través del cristal del automóvil y chocó contra un árbol. Astrid de Bélgica se fracturó el cráneo y murió prácticamente en el acto, dejando huérfanos a los futuros reyes Balduino y Alberto II y a la entonces reina madre Isabel como figura materna para los pequeños. Hasta la boda del primero con la reina Fabiola en 1960, fue ella quien además ejerció de primera dama de su país.

“El rey Alberto se emocionó claramente al hablar de su abuela”, explicaba recientemente Stéphane Bern, realizador del documental sobre la reina Isabel.

Ciertamente, la suya fue una de esas vidas de película que merece la pena recordar.

Nacida en 1876 como duquesa de Baviera, Isabel era hija del duque Carlos Teodoro, hermano de la famosa emperatriz Sissi, su madrina, y de la infanta María José de Portugal. En 1900, Isabel se casó con el príncipe Alberto de Bélgica (el futuro Alberto I) y nueve años después se convirtió en la reina consorte de este país, donde la siguen recordando gracias a su gran cultura y su labor como patrona de las artes.

La música era su gran pasión, y de ahí por ejemplo que el mayor certamen musical de Bélgica lleve su nombre (Concurso Internacional de Música Reina Isabel de Bélgica), aunque lo mejor para plasmar la afición de la bisabuela del actual rey Felipe a este arte es recordar la siguiente anécdota recogida por el biógrafo Philippe Viguié Desplaces en el libro Tu seras plus que reine. Sucedió durante la Segunda Guerra Mundial.

“Un día, una bomba causó un gran cráter [en el castillo de Laeken]. Los saboteadores se precipitaron dentro y entonces se llevaron la sorpresa de encontrarse a la reina Isabel tocando el violín en su interior. ‘¡La acústica es mucho mejor aquí!’, les explicó ella”.

Amiga de genios como Albert Einstein o la novelista Colette, la bisabuela del actual rey Felipe I de Bélgica sentía una gran curiosidad por las cosas que la llearía a convertirse también en escultora o, en 1923, a ser una de las primeras visitantes femeninas de la tumba del faraón Tutankamón, descubierta un año antes en el Valle de los Reyes.

"Señor Capart, si sucede algo peligroso, no se lo diga a la reina: ¡querrá ir!",le había pedido poco antes de esa visita el rey Alberto I a Jean Capart, padre de la egiptología belga y acompañante de la reina durante la excursión a la tumba del faraón.

La política fue otro de sus intereses. Isabel sentía predilección por el comunismo y no dudó en aceptar la invitación de visitar países como China o la Unión Soviética durante los años de la Guerra Fría, lo que le valió el sobrenombre de “la reina roja” y el enfado del Gobierno. La mayoría de los belgas, por el contrario, prefiere recordar a Isabel como “la reina enfermera”, un apodo que se ganó por la ayuda que prestó durante la Primera Guerra Mundial asistiendo a soldados heridos y organizando hospitales.

Su época como reina consorte acabó tras quedarse viuda en 1934, cuando con 58 años el rey Alberto I se aplastó el cráneo al carse durante una excursión de alpinismo. Ella, por el contrario, vivió hasta los 89 años, una vida lo bastante larga para presenciar tanto a la coronación de su hijo Leopoldo como a la de su nieto Balduino en 1951.

La reina Isabel nunca perdió el interés por la cultura, ni el favor de artistas como Jean Cocteau, quien tras la muerte de la reina un infarto en 1965 en el castillo de Stuyvenberg, la homenajeó recordado su humildad y falta de prejuicios. “No soy más que una artista’, parecía decir la reina. ‘Solo soy una reina’, parecía decir la artista".

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